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La entrevista

El pecho de Pedro Mir se agita, su voz se descompasa. Desde hace casi quince años un enfisema habita en su cuerpo mínimo, como el de un pájaro. Es como si de pronto todo fuera a acabarse, a no seguir siendo, igual que lo que es ahora, palabra rehén de la belleza, ojos donde permanece, pese a todo, la avidez de la vida.

Espera en la umbrosa galería de la casa, ceremonioso, galante. Algo hay en él de aristócrata: el porte, la manera mover las manos, de inclinar la cabeza. Mirado a contraluz, parece más: un dios hecho de acumulaciones marinas, salino e inundante, como una marea. Tritón de la mitología tropical, su principal atributo podría ser también la caracola, pero es poesía. En ella y con ella reproduce la epifanía perpetua de la vida. En ella y con ella engendra olas desde siempre, intemporal, fluido, aunque ya no escriba.

Poeta y dios en un mundo sin musas y sin altares, cualquiera lo pensaría derrotado. El renace como el fénix de las angustias ajenas y las propias, del desgarramiento insoportable que fecunda los días, de la grisura del desencanto. A sus ochenta y tres años, sigue siento un orfebre de la esperanza.

Añora sin embargo, aquellos tiempos irrecuperables en que tenía cuarenta años. Entonces, vivir era un canto polifónico. El amor, su alimento. Y las ganas desbordadas de afirmarse en cada aurora, hecho luz y hecho verbo. Hecho beso y caricia. Hecho hombre.

"La poesía no es una cosa milagrosa, ni misteriosa, ni especial, ni extraterrestre, ni carismática, ni nada de esas cosas. La poesía es una simple función espiritual del hombre, es una actividad esencialmente humana. ¿Por qué? Porque la poesía es una forma de comunicación entre los hombres cuando otras formas son incompetentes. Allí donde uno es capaz de comunicar su vida interior hablando, surge entonces esa forma superior de la comunicación que no necesita del lenguaje, sino que transmite directamente las impresiones internas, no solamente las emociones, sino todo tipo de vida interior. Así que esta época, como en cualquier otra, o más que en cualquiera otra, la poesía es una necesidad imprescindible".

Habla el poeta enamorado de su fruto. El lapicida que descontento con la palabra hablada, perecedera, decidió limar las aristas de la realidad con la palabra escrita, esa que "no es lenguaje", esa que "funciona donde el lenguaje no es capaz de funcionar", esa gracias a la cual es posible el milagro de la memoria: "Toda la cultura de la humanidad ha sido salvada por el lenguaje escrito, no por el lenguaje hablado, porque a las palabras se las lleva el viento".

Escribir fue siempre para él un rito de desposesión. Especie de mediumnidad que lo despoja de todo albedrío, obligándolo a entrar en el dédalo de las visiones, para perderlo. Escribía "obnubilado por el hecho de la creación, buscando las palabras torpemente, plasmando expresiones que no eran coherentes, que eran delirantes". Entonces alcanzaba su clímax: su yo vaciado en la página, expuesto al mundo, desnudo, desapropiado de otra identidad que no fuera el poema.

Pedro Julio Mir Valentín se llamaba cuando era abogado y una placa en la fachada de la casa pregonaba su oficio. Pedro Mir se llama desde la liturgia iniciática de su primer poema publicado. Dejó entonces de hurgar en los códigos donde se acopian las correcciones áridas del error, para adentrarse en "la solución del misterio, la búsqueda de lo desconocido, en la angustia que nos plantea diariamente la muerte, o el futuro, o el porvenir, o la libertad".

"La humanidad de hoy está sumergida en una interrogante inmensa y profunda, porque no sabemos, por primera vez en la Historia, cual es nuestro destino inmediato, a dónde vamos", dice.

En la minúscula humanidad dominicana, la incertidumbre es la misma. Todo se va perdiendo: las tradiciones, las costumbres, el secreto de un tobillo femenino. Ataque "brutal a la poesía, a la ilusión, a la sorpresa. Todo eso se nos va. En angustia, esa inquietud, ese peligro, entra de lleno en el terreno de la actividad poética. Por eso la poesía, insisto, será la última actividad humana, cuando ya no nos quede mas; la que tendrá en sus manos las unidad de las almas, la integración de la parte más noble del hombre, que es su espíritu."

Escribió un poema antológico, identificatorio. En él, la patria se sitúa en el mismo trayecto del sol. Ahora, ¿dónde está con su preñez de agobios y fracasos? Pedro Mir no admite que se haya desviado. Lo que habría que preguntarse es dónde está el sol, que ya no alumbra.

"Nuestra patria, como el misterio de la mujer, está desapareciendo muy rápidamente. Desde luego, si quien habla es un anciano no se puede esperar una visión lisonjera del futuro, del que carece. Los ancianos solemos ser pesimistas porque sabemos que nuestra vida se escapa, como la de los condenados a muerte. Pero yo, en mis años de investigación adquirí el vicio del rigor: debo tener juicios que escapen de mis influencias subjetivas, a mi situación personal, a mis amores, a mis sufrimientos de todo tipo. Creo entonces que hay elementos objetivos que nos hacen pensar en el rendimiento histórico de esos tiempos. Hay un deterioro profundo de aquello que era la República Dominicana en 1945, cuando terminó la guerra mundial".

Eran tiempos amargos los que cita. Tiempos de severidades sociales y políticas que no pudieron, sin embargo, oscurecer ni apagar las esencias nacionales. Lo demostró el resurgimiento del país a la caída de la dictadura, cuando el dominicano "manifestó un sentimiento patriótico que asombró a los continentes; cuando se llenó de héroes y de mártires gozosos".

Hurga en sus recuerdos, y de ellos extrae la fotografía de un hombre con una mujer herida en sus brazos, la más bella estampa jamás imaginada porque, pese al espanto de la muerte, habla de la búsqueda de la libertad, valor inapreciable. De tanta entrega pródiga es poco lo que va quedando.

"Como decía Joaquín García, el gobernador de la colonia en tiempos de la revolución haitiana, nuestro país está pobre de numerario y en estado de emigración. Frase que puede aplicarse perfectamente a nuestros tiempos, aunque el numerario abunda; nuestras mujeres se van a prostituir junto a los mármoles pentélicos para mandar lo que consideran el verdadero numerario. Y tenemos hoy el "orgullo" de tener prostitutas en todas las grandes capitales civilizadas del mundo, cosa que no parece ocurrir en ninguna otra nacionalidad, ni siquiera en esta isla porque las haitianas no salen a prostituirse. No creo que sea esta la apreciación de la ancianidad; es un hecho objetivo por el que hay que derramar lágrimas".

Lágrimas derramó cuando escribiera "Hay un país en el mundo" pero eran lágrimas distintas a las que ahora velan sus ojos. Otras las emociones y otros los presentimientos. Pasa las manos por la invernal cabeza, intentando ahuyentar los dolores lacerantes de la pérdida. Pide cambiar el tema, y parece suplicar que le retiren el cáliz.

La grabadora cesa por un momento su registro. Pedro Mir recupera la estampa seductora del hombre negado a la agonía del deseo. Descorcha una botella de vino cristalino con el que celebra la luminosidad de la tarde, la ventura de estar vivo, la ocasión de la entrevista. Todo en el vuelve a ser identico y distinto.

Habla entonces del intelectual y sus destinos, renegando la asepsia con la que muchos de su oficio entran ahora al territorio del vacío. Reivindica la hermandad irreductible del decir y el hacer, que es reivindicar su destino de hombre.

"¿Qué es el intelectual?" Sin atenerme al significado etimológico, pienso que el intelectual es un individuo que forma la historia actual, de la sociedad en que está sumergido. Es el hombre que reduce a términos conceptuales de la vida cotidiana, lo que pasa. Es el hombre que se preocupa de registrar en términos conceptuales la experiencia de la vida itinerante: el que va y el que viene, el que oye y el que comenta, el que discute, el que plantea soluciones a los problemas inmediatos en tal o cual orden".

Cita a Maikovski, el de los poemas futuristas y asonantes conviviendo con sus devociones revolucionarias. Simbiosis perfecta del hacedor del futuro. Junto a él, Pedro Mir rinde tributo a la sumersión del poeta en los acontecimientos, única manera de saber lo que vendrá "porque el poeta es un visionario, el que conoce lo que se conoce, el que descubre lo desconocido o el que busca en las entrañas de lo desconocido para sacarlo a la luz. Para eso tiene que vivir la vida".

No duda, sin embargo, que el intelectual logre planear sobre el bien y el mal, descomprometido y grácil. Al fin y al cabo, el bien y el mal son problemas primarios: "Todo en la vida pública, en la vida histórica, lo podemos plantear en términos de bien o mal. Las sociedades van para el bien o van para el mal, están constituidas por sectores que militan en las filas del bien y en las filas del mal. Los buenos y los malos no son una técnica cinematográfica, sino una realidad histórica. Lo que pasa es que los buenos le ponen un nombre al mal, y viceversa, y con frecuencia se confunden. Ahora, prefiero pensar que el poeta no milita en las filas del bien o del mal, sino en las del futuro. ¿Qué es lo que nos trae el futuro? ¿El imperio del bien, el del mal, el de la belleza, el del amor, el de la codicia? Esto es lo que el poeta debe visualizar a la distancia; él es el anunciador. Lo importante es la poesía. Los poetas deberán ser más conscientes de su responsabilidad, más consecuentes con ella. La cuestión no es estar haciendo palabritas, sino la de saberse comprometido con el misterio".

Obedeciendo a esos imperativos Pedro Mir escribió "La vida manda que pueble estos caminos" Entonces era vigoroso y sano, llevaba "muchedumbre infinitas en las venas". En él está plateado el problema filosófico todavía irresoluto: el del muchacho anónimo portador de los genes del siglo XXI, portador del secreto.

Quizá así habla porque sus tiempos eran otros, y él sigue anclado a su memoria irreductible. Razones abundan. En el bucólico Macorís de sus iniciaciones, el poeta era glorioso, el amigo de las mujeres más bellas, el predilecto de los grandes encuentros y de los grandes homenajes.

"En aquella época existía un premio, el de "La flor natural", que ya de por sí era poético, porque la flor se marchitaba a los cinco minutos. Pero la mitología, la leyenda de la flor natural nos arrebata a todos. Yo aspiraba a la flor natural que me pondría la mujer más bonita de Macorís en la solapa de mi saco. La gente se reunía mucho; la gente estaba toda en el parque. Era la vibración de una época, breve, por cierto. Pero muy pronto ocurrieron acontecimientos en la vida nacional que afectarían también profundamente a Macorís, y la poesía tomó entonces otros rumbos. Ya el problema de la vida no era "la flor natural" Habían cosas más importantes que esa".

En ese mundo que convertía a la sociedad en su propio fantasma, la poesía de Pedro Mir irrumpe como testimonio. Juan Bosch, su amigo entrañable, preguntará si acaso no es este hombre diminuto el poeta social esperado por todos, el mesías que libere al pueblo de la uniformidad del silencio.

"Cuando Bosch dice eso, para mí se crea una gran responsabilidad. No porque estuviera frente a un código moral o fuera obediente a una determinada ley, sino porque pensé que tenía que vivir en mi época. Lo sacrifiqué todo: mi familia, mi profesión, mi país, mis amigos. La vida me impuso unas normas muy severas. Cuando eso cesó, terminó la poesía, y ya no pude escribir más. Lo único que hay en mi poesía es la autenticidad con que viví, de los sueños que tuve, de los dolores, de las frustraciones, de la nostalgia inmensa, de las aspiraciones insatisfechas. Me agarré de mi poesía y con ella sufrí".

Desde entonces solo en ocasiones de gran dramatismo se dejará seducir por las musas. "Ojo de Agua" le dicta "Amén de mariposas". La muerte de Neruda, el poeta telúrico, lo hace recrear vendavales. Años después, vivirá la alucinante experiencia de leer "El huracán Neruda" en el Teatro de Dionisos, al pie de la Acrópolis, como un antiguo griego. Su coro reverente, tres amigos que para él resumían la humanidad completa. A su lado, el fantasma de Isadora Duncan, descalzo, lo envuelve en sus velos inefables.

Aunque no lo diga, Pedro Mir siente melancolía de las hermandades que alimentaron su palabra. Con la mirada lejana, cual si retrocediera físicamente en el tiempo, habla de los políticos que compartieron con el la espera de un mundo y un país distintos. Quizás, concluye, no eran tan diferentes a las de ahora, salvo en su entrega a la ilusión, que terminaría pronto, ahogada por la sangre de millones de muertos.

"En aquella época también había de todo, porque la política tiene eso: no nos diferencia. Lo que pasa es que había un ingrediente de sueños, de fantasía, de ilusión muy profunda. Y es que la humanidad es esencialmente soñadora. Por pedestre y materializada que sea la actividad de las personas, en el ser humano hay siempre un rincón para el sueño. Había muchos soñadores en esas época, había una fraternidad de la ilusión. También había mucho de mentira, pero las descubríamos, aunque nos tapáramos los ojos para que no se nos cayera la ilusión. Fue un momento grandioso de la humanidad y de mi propia vida que me duele tener que olvidar".

Sepultadas las quimeras, venido abajo el mundo construido con el amoroso y febril tesón del visionario. Pedro Mir experimenta la irreprimible sensación del fin. No hay amarguras en sus palabras, sino tan sólo la lúcida conciencia de lo irrevocable.

"Yo se que me voy pronto. Todo se ha ido, todo se va y yo también me voy. Pero viví. Le ha ocurrido a todas las flores que he conocido. Le pasó a Macorís. Ayer fuí a el Conde, y digo, ¡oh, también la capital se fue! Ya no es la que conocí, la que viví. Yo me bañaba en el Nizao, que entonces era un torrente, ahora es un chorrito de agua vergonzante. La vida es así".

Con sus amigos bromea acerca de la muerte. Y es como si poseído otra vez por los demonios de la creación, se buscara en el fondo de sí mismo, para reconocerse humano. En el instante mismo de morir, mirará todavía con los ojos del asombro.

"Yo pienso que la muerte es agradable. Estoy convencido de que es más agradable morir que nacer. Del nacimiento no se tienen recuerdos, porque se viene de la nada hacia el ser. En la muerte es al revés: se va del ser a la nada. Yo estoy viviendo en esa esperanza. Todo lo que he vivido, ahora lo pongo en cuestión".

Parecería decir, al igual que el Adriano de Marguerite Yourcenar, que está en esa edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada. No lo dice. No logra identificarse en el sentimiento corrosivo de la inanidad de la esperanza . El prefiere aferrarse a la certidumbre de la plenitud de sus horas, que ya entiende postreras, pero fértiles, sin embargo.

"Yo no lo entiendo así. Puede ser que a la hora del desenlace al balance sea negativo, pero en mi caso personal ya no tengo esa sensación. He sido colmado de todas las aspiraciones de mi adolescencia. Claro, pude haber aspirado más; pude haber querido ser emperador de todas las Rusias, de todas las Alemanias, pero eso no entraba en el cuadro de mis aspiraciones. He conocido todas las grandes capitales. Ahí tengo una edición de "Hay un país en el mundo" en armenio. ¿Cómo podía yo aspirar a que aquel poema que yo escribí en un cartucho, en La Habana, se tradujera al armenio? No, para mí la vida no es una derrota. Quizá hubiera querido más del amor. Quizá me quejo, pero no hasta el punto de sentirme derrotado".

Las horas han dejado sus huellas en la tarde. Afuera, el sol se hace menos esplendoroso, y el cielo va perdiendo la limpidez de su azul. Los ruidos de la calle suenan como un eco en la sala donde Pedro Mir reposa sus fatigas enhebrando palabras, reviviendo en la sonrisa cada sendero recorrido en un caminar que es largo y que es fecundo. A cuestas, también lleva el peso vivo de las nostalgias.

"Si hay una época que añoro es la de mis cuarenta años, porque fuí un hombre en la plenitud de mis facultades. Fue cuando conocí la vida, cuando aprendí el valor de las cosas; cuando comprendí lo que había para atrás y me dí cuenta de lo que había por delante. Estaba en el dominio de mi vida; empezaba a vivir. Eso me duró treinta años. Quisiera, si fuese posible, volver a esos años".


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